“No hay nada más espectacular que subir una montaña”: entrevista a Pablo Maqueda, director de «Dear Werner»

Por Olga Blazquez

Pablo Maqueda es un cineasta de Madrid nacido en 1985. Más allá de su trayectoria cinematográfica —Billy Freud´s Last Night, Manic Pixie Dream Girl… —, Maqueda se define como un tipo de familia humilde del barrio de Carabanchel. “Me ha tocado ser de los currantes en el cine”, afirma. Esta casilla de salida marcada por los nulos contactos iniciales y las dificultades a la hora de acceder a recursos suficientes, le llevaron a auto-producir buena parte de sus primeros trabajos. Desde entonces, desde esos primeros trabajos, su modo de hacer ha estado marcado —según nos cuenta— por el motor de la curiosidad, por la firme intención de afirmar todo lo que le llama la atención. Con su nuevo documental, «Dear Werner» —que se estrenó el 20 de noviembre—, esa curiosidad le ha llevado, entre otras cosas, a explorar sus propias capacidades para realizar una película en soledad. Para realizar un viaje a pie por la intemperie de la mano de una cámara.

Aunque, claro está, la soledad siempre es relativa: Maqueda caminaba junto a Werner Herzog de alguna manera —y junto a Haizea, su productora y pareja: siempre al otro lado de un mensaje o una llamada; y junto a una maraña de podcasts resonando dentro de su cráneo a través de los auriculares… —, pues la película no es sino un periplo sobre el rastro dejado por el cineasta alemán a lo largo de los más de setecientos kilómetros que recorrió caminando en 1974 para salvar la distancia entre Múnich y París y, así, visitar a su convaleciente amiga y mentora, Lotte Eisner. Maqueda usó el diario que Herzog escribió durante su trayecto —titulado «Del caminar sobre hielo«—, como guión para su película, como guía para planificar el viaje y como guía-espiritual a través de la cual transitar emocionalmente el paisaje. 

Otra de las ideas subyacentes en este documental de homenaje al cine y a Herzog —pero que no solo es un homenaje— es “desmitificar la figura del director de cine, del cineasta”. Tal y como lo explica Maqueda, ser cineasta es una profesión dura física y psicológicamente. Son “muchos golpes, muchos noes”. Y, por otro lado, “ser cineasta es una profesión como otra cualquiera: si no hay colchón económico, hay que seguir haciendo esfuerzos por llenar la nevera”. De ahí la importancia que el director madrileño le concede a aproximarse a la figura institucionalizada del CINEASTA desde el fracaso. Y de ahí también la importancia de emplear la metáfora visual del viaje y del acto de caminar para hacer referencia a ese  devenir-director-de-cine. El acento está en el gesto de luchar, no en el de triunfar.

El viaje y ese proceso de lucha implican, necesariamente, “establecer un diálogo con el pasado”. No en vano el título de la película lleva por subtítulo aclaratorio la siguiente frase: Walking on Cinema. Herzog se convierte en una de las voces aún vivas de ese pasado al que alude Maqueda. Y se convierte, de paso, en un amigo. Y, de este modo, efectivamente, la película hace las veces de un lugar de encuentro. ¿Pero de qué tipo de amistad estamos hablando? Al describir su vínculo con Herzog, Maqueda confiesa una nostalgia: “echo de menos —dice— la época en la que un maestro acogía a un aprendiz en su seno”. Nombra, entonces, al cineasta catalán Marc Recha, quien, en el año 1989 —a la edad de 18 años—, viajó a París con la obsesión de visitar a Robert Bresson en su casa. “Pero ya no estamos ni en los ochenta, ni en los setenta, ni en los sesenta”, así que la forma en la que a Maqueda le toca materializar esa relación aprendiz-maestro es a través de una carta. Dicha carta llega a manos de Herzog, et voilà: la magia. Herzog pasa a formar parte activa de la ecuación aunque sea a distancia.

Pero hay más amigos en juego además de Herzog. En un momento dado del documental, la voz de Maqueda arenga a las tropas: “let’s walk, friends”. ¿Quiénes son esos friends —sí, es cierto: este es un chiste malo que solo entenderán practicantes de la escalada clasicorra—? Los amigos son “los jóvenes cineastas o cualquier cineasta que aún no puede vivir del cine; cualquier persona, hombres y mujeres, pero sobre todo las mujeres: lo tienen el triple de difícil”. Amigas son las personas “que intentan sacar adelante un proyecto” y que intentan afrontar todo el esfuerzo y el desgaste físico y mental que ello supone.

Pablo Maqueda. Imagen © Daniel Mayrit

Al igual que otras de sus películas, «Dear Werner» hace uso también de la polifonía y del metalenguaje. ¿Qué hay ahí que es tan fascinante? Maqueda afirma que es una herramienta narrativa para el avance de la acción que le gusta especialmente. Y, arrojando la vista atrás, puede —quizás— definirse como uno de los pocos elementos permanentes de su estilo. Ese juego consistente en investigar el modo en el que “los diálogos conversan unos con otros”. Son los propios diálogos los que conversan entre sí, el propio lenguaje hablando consigo. Un estilo que, por otro lado, no deja de considerar y buscar posibilidades alternativas. El proceso previo al viaje-rodaje fue también “muy metalenguaje” e implicaba analizar “cómo dialogo con el paisaje —explica—, cómo lo hace Herzog, cómo lo hace su diario”.

Al profundizar en el recuerdo del proceso de preparación de ese viaje-rodaje, Maqueda también cuenta cómo las decisiones las tomaba casi sobre la marcha: la intuición era un vector esencial. Es por esta razón que el viaje estaba íntimamente ligado al proceso de rodaje en sí mismo, no había un momento asignado para la espera, para la preparación con tiempo distendido y dilatado: “está muy bien esperar, pero no pasa nada por lanzarse al camino”.

Finalmente, entramos en la espinosa cuestión de la estética del cine de montaña, monopolizado desde hace algún tiempo por el dron y la GoPro instalada en el casco. Maqueda habla de la sensación fabulosa de usar un dron por primera vez. “La imagen de la cámara elevándose al cielo es como ver a Dios”. Sin embargo, el abuso en el uso de los drones le ha restado potencia a la espectacularidad de las imágenes que produce. En «Dear Werner«, la épica y la gesta “no proceden de la magnificación del plano, sino de la mirada: no hay nada más espectacular que una persona subiendo una montaña”. Y en cuanto al modo de manipular la cámara, Maqueda cuenta que en ningún momento se le ocurrió emplearla desde alguna estructura como un casco. La llevaba en la mano, a la altura de los ojos. No obstante, en una parte de la película, sí le hace un guiño a este modo de grabar tan propio del cine de montaña: es el momento en el que visita la cueva y se enfoca a sí mismo, llevando el frontal encendido alrededor de la cabeza. Las técnicas del cine de montaña están ahí, también son un referente. Después, la cueva misma toma el protagonismo, apareciendo “de la forma más cinematográfica posible, como si fuera un templo”. 

La cámara de la que Maqueda se acompañó durante el viaje fue “una DJI Osmo Pocket, una cámara pequeñita con un estabilizador muy potente que permite grabar corriendo, saltando… Y tiene una resolución alta: 4K”. Maqueda y la cámara, la cámara y Maqueda. Y un viaje. “Aprendí un montón sobre dirección de fotografía: una de las cosas que más miedo me daba era que se hiciera realidad ese cliché que dice: esta fotografía no le hace justicia al paisaje”. 


DEAR WERNER (Walking on Cinema) tuvo su estreno mundial en el Festival de Cine de Sevilla, posteriormente participó en el prestigioso festival internacional de documentales ZINEBI y el 20 de Noviembre se estrenó en los cines españoles.

La película está producida por Haizea G. Viana (UranesAmor Eterno), en colaboración con la Cinemateca Francesa y el propio Werner Herzog quien ha narrado parte de su libro  exclusivamente para la película. 

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