Alpinismo ludista: elogio de la impotencia

Por INUA
© Foto: Miguel Alvarez / INUA

“La vida es quemar preguntas.” Esta es una de las sentencias lapidarias que emplea Antonin Artaud para dar comienzo a El Pesanervios. Llevo más de tres semanas dándole vueltas a este artículo. Me hundo en las páginas de textos de Iván Illich, Lewis Mumford y Maurice Blanchot con la intención de hacerme una idea clara acerca de la relación entre alpinismo y técnica —un vínculo entre dos aspectos de la realidad que me ronda el pensamiento desde hace algunos meses—; e, irónicamente, lo único que logro alcanzar es un enmarañamiento aún más desquiciador acerca del asunto. Ya sé que está muy manido y trillado eso de afirmar que todo es complejo y tal. Pero —¡joder!—, es que es complejo.

Así que este es un relato de mis dudas, mis preguntas y mis tribulaciones en lo tocante a la cuestión del desarrollo técnico en alpinismo. Vaya por delante que entiendo alpinismo en su acepción más amplia, como concepto que recoge en su seno una multiplicidad ingente de prácticas y disciplinas: desde la escalada deportiva y el bloque, al senderismo o la ascensión de un ochomil. Perdónenme quienes no comulguen con la definición. Por otro lado, cabe aclarar que con técnica me refiero también a un sinfín de tecnologías, dispositivos y prácticas. Es decir, técnica es tanto el desarrollo de instrumentos —herramientas: vestimenta, elementos de progresión y seguridad, material para equipamiento de recorridos, instalaciones como los rocódromos…— para la ejecución de actividades de alpinismo, como el desarrollo de usos del cuerpo técnicos —gestualidades, nutrición, entrenamientos…— asociados al alpinismo.

El debate de si el alpinismo es o no un deporte discurre de forma tangencial a esta discusión sobre la técnica: aunque resulte interesante dar cuenta de él, en este caso, me lavo las manos y dejo el marrón para otro momento.

Ya os lo advierto —o, más que una advertencia, es casi una amenaza—: este texto no lleva a ningún lado y es posible que la persona lectora salga mareada. Voy a viajar a través de las citas de algunos autores con el fin de pasaros el testigo y compartir mi aturdimiento.

Iván Illich, en su  escrito titulado Energía y equidad, reflexiona —entre otras cosas— sobre el aumento en el empleo de energía por parte de las sociedades y su estrecho vínculo con la falta de equidad. El caso concreto que atraviesa todo el texto es el de los medios de transporte. El “progreso” técnico que garantiza la velocidad en los medios de transporte genera la ilusión de que podemos tener acceso a más lugares —o, al menos, a lugares más alejados entre sí en relativamente poco tiempo, en un tiempo “asumible”—. Sin embargo, la realidad evidencia que lo que hacemos es considerar “asumible” el desarrollo de nuestra vida cotidiana a larga distancia —por ejemplo, vivir en Madrid y trabajar en Guadalajara—: y eso hace que pasemos largas horas en esos medios de transporte que hacen “posibles” nuestras vidas de este modo: “Al rebasar cierto límite de velocidad, los vehículos motorizados crean distancias que solo ellos pueden reducir”, nos dice Illich. Se “acortan” las distancias pero a costa de una dependencia del motor y una disminución de la autonomía del cuerpo no motorizado. Se acorta la distancia siempre y cuando se emplee un motor. Si traducimos este argumento al mundo del alpinismo, podemos plantearnos la pregunta de si la dificultad extrema y la accesibilidad a ciertos lugares remotos no está construida sobre la misma base: sobre una dependencia exacerbada en la energía —con su consiguiente impacto eco-social— puesta en circulación para producir la técnica que nos “acerca” al mundo de una forma en apariencia radical —porque la pregunta clave sería si la técnica nos acerca o nos distancia del mundo o si lo que ocurre es algo no reducible a ese binomio—. Por otro lado, Illich plantea que a más velocidad, mayor consumo de espacio. Esto resulta evidente. En el ámbito del alpinismo, ocurre de forma semejante, creo yo: a más “progreso” técnico, mayor número de espacios colonizados. El noveno grado —por poner un ejemplo— no solo es el resultado de un cuerpo: es el resultado de un contexto en el que se produce la intersección de gran número de factores materiales. Y escalar noveno grado supone acceder a y sellar espacios que no estaban apropiados hasta el momento. Por lo tanto, la técnica que acompaña al deseo de ese más rápido, más difícil, más remoto, más expuesto (etc.) se traduce en una mayor explotación del espacio. ¿Con recursos técnicos de otra índole no sería posible que lugares que ahora son meros paseos se convirtieran en lugares agrestes en los que hallar aventuras? Una técnica que recupere la intemperie aquí, un poco más cerca y que no agote ni nuestros cuerpos ni nuestros mundos.

Pero no me quiero yo poner estupenda y refunfuñona. No se trata de negar la técnica a ultranza, quizás. Se trata más bien de problematizar la técnica. De ponerla entre interrogaciones y revisitar nuestra relación con ella. Ya nos lo advierte Maurice Blanchot en “El hombre en punto cero” —texto incluido en el libro La amistad: “[…] ciertamente, las declaraciones contra la técnica son siempre muy sospechosas, pero no es menos sospechosa la especie de calma que estamos dispuestos a encontrar afirmando que el desarrollo de la técnica bastará para ponernos en la mano la solución de todas las dificultades que ella suscita”.

Si hay algún amuleto que me trae calma siempre que llego a este bucle de desasosiego del que parece imposible salir, es una frase de Anselm Jappe recogida en la entrevista para El Salto (20 de abril de 2019): “Ningún problema actual requiere una solución técnica. Se trata siempre de problemas sociales”. Buff, ¡menos mal! O sea, que nos tenemos que arremangar para pensar cómo hacer con la técnica. Eso supone, supongo yo, frenar para no caer en la tiranía del ritmo automático de la técnica —auspiciado por la aceleración constante de un mercado globalizado en el que la producción le lleva la delantera a la necesidad desde hace mucho tiempo—. Evitar la situación del “nadie al volante”, pero sin erigirnos en el pedestal de semidioses que proclaman su “yo-salvador” y que, a golpe de moralina, forjan un protocolo de lo que está bien y lo que está mal universalmente. Tampoco se trata, pues, de rendir pleitesía a quien dice “esto yo lo hacía con bota dura”. Porque la bota dura, en un contexto determinado, fue también una de las manifestaciones del límite de la técnica, igual que las rodilleras y los pies de gato sofisticadísimos lo son hoy dentro de la coyuntura particular en la que vivimos, ¿no? 

Pero, a pesar de todo, a pesar de todas las dudas, en secreto, sigo excitándome al pensar en una suerte de alpinismo ludista que sufre de impotencia. Que renuncia a cierta técnica para no esquilmar el mundo a base de un extractivismo depredador del paisaje. Un alpinismo que es muchos alpinismos, una ecología de alpinismos absolutamente vinculados a cada pliegue del terreno y del territorio. No digo nada nuevo: esto ya existe. Hay alpinismos propios de diferentes territorios. Alpinismos endémicos, conocedores de sus orografías. Quizás se trata de incidir en ello. De afirmar las particularidades de cada aquí y reconocer las formas de alpinismo —y las técnicas asociadas a ellos— a las que dan lugar. Y en esa afirmación ecológica, definir nuestras impotencias: el límite a partir del cual la vida ya es tanato-vida y alienación técnica, separación infranqueable con respecto al cuerpo y su prolongación en el entorno. 

Pero, insisto, yo no sé. Solo flaqueo. Y “la vida es quemar preguntas”.


Olga Blazquez https://antecimaanticima.home.blog/

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